Jesús de Polanco por su amigo Jose Luis Cebrián en ElPaís.com:
En estos días atrás, el dolor era tan insoportable que ni siquiera
leía EL PAÍS. Cuando me lo comentaron sus hijos comprendí que su estado
tenía que ser peor de lo que aparentaba, pues renunciar a la lectura
del diario, su diario, era un signo inequívoco de que había comenzado a
desinteresarse por la vida. Todos sabíamos que pertenecía a la estirpe
de los que mueren con las botas puestas. Por eso, frente a las insidias
de la enfermedad y el sufrimiento luchó por mantenerse erguido y activo
hasta el último minuto.
"Jesús comentaba jocoso que estaba deseando conocer a ese Polanco
tan denostado del que hablaban en la radio, pues a juzgar por lo que le
atacaban le parecía que debía ser alguien interesante"
Conocí a Jesús en el invierno de 1975, a los postres de una
conferencia pronunciada por Francisco Fernández Ordóñez en el Club
Siglo XXI. Paco y yo habíamos contribuido, cada uno a nuestra manera, a
la tímida apertura política que intentaron tras el asesinato de Carrero
Blanco algunos franquistas deseosos de convertirse a la democracia con
la complicidad, más o menos evidente, de sectores de la oposición. Por
aquel entonces Jesús acompañaba en su andadura política a Dionisio
Ridruejo, el único auténtico referente ideológico que ha tenido en su
vida. Tras la conferencia, se me acercó y me dijo escuetamente:
-Tenemos que hablar de EL PAÍS.
Ahí comenzó una relación que ha durado treinta y dos años.
Jesús
Polanco ha sido, sin género de dudas, la persona con la que he hablado
más horas en mi vida, y yo debo ser también con quien más tiempo ha
pasado él conversando desde aquel encuentro en Madrid. Pese a nuestra
diferencia de edad, mantuvimos una amistad profunda marcada por el
respeto mutuo, la coincidencia de criterios y la persecución de
objetivos comunes. Durante más de tres décadas, sus enemigos y los
míos, y los enemigos de lo que EL PAÍS representa en la sociedad
española, pugnaron repetidas veces por romper los lazos que nos
hermanaron en tantas cosas. Nunca consiguieron generar entre nosotros
la más mínima grieta. Eso no significa que no discutiéramos, incluso
con acrimonia, en multitud de ocasiones. Jesús era un dialéctico por
naturaleza y gustaba de cuestionarse hasta sus propias afirmaciones,
expresadas muy a menudo con total rotundidad. Sobre todo en los años
difíciles de la Transición, no era infrecuente que discrepáramos con
acaloramiento. Pero habíamos sellado entre nosotros una alianza de
sangre en torno al propósito fundacional de EL PAÍS. Éste es el único
secreto, un secreto a voces, de nuestra estrechísima relación que nunca
se vio enturbiada por la sospecha propia ni la maledicencia ajena. Así
se lo expliqué una vez a Ignacio Polanco, que me apuntaba lo peculiar y
admirable de la amistad entre los dos. Es muy fácil, le dije, se llama
lealtad mutua. Él me permitió hacer el periódico que yo quería y lo
defendió ante los numerosos ataques que recibíamos. Sin él, EL PAÍS no
habría existido, no como lo conocemos. Por eso era tan mal signo el que
hubiera decidido dejar de leerlo.
El primer juramento de esa
alianza lo rubricamos en un restaurante de Madrid en marzo de 1976. Le
invité a comer después de un encendido debate que habíamos tenido con
nuestro presidente respecto a la gobernanza de la redacción del
periódico, cuya absoluta responsabilidad yo reclamaba para el director.
Yo no te fallaré, le dije, y para mí el único interlocutor en la
empresa eres tú, como consejero delegado. Me contestó que su único
interlocutor en el diario sería yo como director. Este pacto lo mantuvo
luego con cuantos han ejercido la máxima responsabilidad en el
periódico.
A él le gustaba recordar que cuando EL PAÍS tuvo el
inicial éxito fulgurante que ni siquiera nosotros esperábamos empezaron
todos nuestros problemas, fácilmente resumibles en uno: cómo defender
la independencia del diario frente a las presiones y ambiciones de todo
tipo que conspiraban contra ella. Jesús Polanco jugó un papel esencial
en ello. Gracias a su éxito empresarial en Santillana pudo aportar el
pulmón financiero que nos permitió a los periodistas respirar con
libertad. Él avaló personalmente la primera rotativa de EL PAÍS, pagó
de su bolsillo la nómina de la empresa un mes antes de que apareciera
el diario, creyó en el proyecto cuando nadie creía y no se cubrían las
ampliaciones de capital, amparó como editor la línea progresista del
periódico, lideró la empresa, apostó por su futuro y se embarcó en la
navegación acompañado de un equipo humano que dirigía alguien que
apenas acababa de cumplir los 31 años. Tantas muestras de lealtad hacia
los profesionales explican mejor que nada su manera de ser y de hacer
como empresario.
Jesús Polanco solía insistir en la peculiaridad
de PRISA como grupo de empresas. Su objetivo, como el de cualquier otra
actividad productiva, es ganar dinero, pero sus motivaciones son más
amplias y esenciales. EL PAÍS nació para contribuir a la construcción
de la democracia y a la modernización social de España. Eso es algo que
él tuvo siempre muy claro, y no cesó de recordarlo en intervenciones
públicas y privadas. La última de éstas, muy sonada, fue en la Junta
General de Accionistas de PRISA el pasado mes de marzo. En respuesta a
preguntas de un asistente insistió en la independencia del periódico,
mencionó los frecuentes problemas que tiene con el poder constituido, y
reclamó al tiempo una derecha más democrática y constructiva, menos
mirando hacia el pasado. Sus palabras no gustaron al principal partido
de la oposición que no sólo declaró un boicot a las empresas presididas
por Jesús sino que le distinguió con ninguneos y ausencias inmerecidas
para quien tanto ha contribuido a la cultura y la información en
nuestro país, y a la presencia de lo español en toda la América Latina.
Polanco
fue un empresario de éxito y un hombre influyente, quizás hasta
poderoso. Pero era difícil reconocerlo en los perfiles y retratos que
con insidiosa inquina prodigaban de él algunos de sus competidores y
adversarios. Jesús comentaba jocoso que estaba deseando conocer a ese
Polanco tan denostado del que hablaban en la radio, pues a juzgar por
lo que le atacaban le parecía que debía ser alguien interesante. Nunca
se comportó como el magnate a lo Ciudadano Kane con quien
trataban de identificarle. Siempre contempló sus empresas como el fruto
de la actividad de un grupo de amigos que nos dedicamos a hacer cosas
que nos divierten. Su legado principal es un ejemplo de trabajo y
honestidad, por lo que tampoco permitió jamás que el éxito económico y
la adulación barata le condujeran por un camino equivocado. Comedido y
austero, disfrutó de la vida sin abusos, luchó contra la soledad
inevitable que rodea a los triunfadores y soportó con admirable
estoicismo el dolor que durante meses le anunciaba lo cercano de su
fin. Este país, esta España terrible de las dos Españas que algunos
persisten en querer resucitar, le dio mucho menos de lo que él le había
entregado. Nuestra democracia tiene una deuda con Jesús Polanco.
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